|
A menudo, todos percibimos el mundo desde nuestro propio prisma, absolutamente personalizado y subjetivo, captando apenas una
porción de la realidad en la que elegimos
creer y a la que nos aferramos tozudamente aunque sólo sea una pequeña gota en los mares de la eternidad, pero cada tanto, muy cada tanto, entre las rendijas de nuestras dudas existenciales,
y como también suele ocurrir con el mundo, algunas luces se filtran dentro del paradigma como un eficaz virus informático, corrompiéndolo y obligándolo a cambiar, y en nombre de ese complejo mecanismo cósmico que llamamos evolución, despertamos una mañana
con la urgente sensación de que algo debe cambiar o mejorar internamente, la tensión se incrementa cada vez más, hasta tornarse casi insoportable, entonces actuamos en consecuencia, algo sucede, alguna experiencia, algún suceso, algún acontecimiento arrojando
claridad en aquellas zonas oscuras antes inexploradas; hemos adquirido una nueva habilidad, entonces las aguas se aquietan, súbitamente la tensión desaparece, y nuestra vida vuelve a la normalidad, al menos hasta la próxima tormenta.
En los tiempos que corren, y máxime en nuestro país, sería útil
cada tanto tomarse un respiro de nuestro trajín cotidiano, hacer un ejercicio de paciencia y tolerancia
respecto de algunas cosas, centrarnos firmemente en nosotros mismos, mirar alrededor y observar en donde estamos situados, colocando las cosas en una adecuada perspectiva, y a nosotros mismos en la posición
óptima para
actuar tomando las decisiones y elecciones más correctas posibles (todo es perfectible) desde la visión más perspicaz que nos sea posible, esto es bastante fácil de decir, pero ¿ha pensado lector, por qué es tan difícil de realizar? la respuesta no es simple pero intentaremos hacer un modesto aporte abordando al menos algunos aspectos básicos
de este bastísimo tema sobre el que gente muy versada a hablado y escrito.
Lo cierto parece ser que, gran parte de nuestro tiempo, nos dejamos guiar por nuestros ancestrales instintos de supervivencia, tal como si viviéramos en medio de la selva, y es que
el
peso de nuestro pasado de “cazador – recolector” aún fuertemente impreso en nuestros genes, determina muchas de nuestras conductas sin que nos sea posible percatarnos de ello siquiera, seguimos teniendo las mismas
respuestas emocionales de entonces a problemas nimios y no tan nimios del presente, con la misma carga de tensión para negociar un empleo o presentar
un proyecto como cuando debíamos huir o matar para sobrevivir. La corteza
cerebral de nuestro sistema nervioso central, constituido por nuestro origen más primigenio animal es el que sigue dando la respuesta más rápida ante las situaciones de peligro, y ya sea que lleguemos tarde a pagar una cuenta en el banco o estemos a punto de caer de
un barranco, la respuesta será la misma: adrenalina, adrenalina y más adrenalina, y eso ¿qué significa? estrés, estrés y más estrés, atosigando nuestro organismo de sustancias tóxicas innecesarias, y eso es algo así como matar un mosquito con un cañón,
resolvemos el problema inmediato pero generamos otro mayor. Ahora cabe la siguiente pregunta, ¿deberíamos descartar semejante repertorio de respuesta instintivas aprendidas durante millones de años, que es el que nos a permitido sobrevivir a todas las amenazas reales
y tangibles de la especie desde que pisamos la tierra?, eso lo resolveríamos con una lobotomía, tanto física como simbólica, ¿o deberíamos adaptarnos a un mundo donde los peligros de vida o muerte son escasos, pero donde la fricción de la competencia es intensa
en todos los ámbitos; educativo, laboral, social, e
incluso en el hogar, cuales nos mantienen casi habitualmente en una tensión que va mas allá de lo aceptable?, lo que brilla a todas luces, es la necesidad
que tenemos de diseñar un nuevo sistema de respuestas emocionales complementarias a las que ya poseemos para enfrentar las nuevas situaciones sin caer en excesos innecesarios, y a decir de uno de los principales investigadores sobre este tema, Daniel Goleman, (autor
de la Inteligencia emocional) desde una perspectiva emocional, la humanidad aún está en pañales, o sea, tenemos todo por hacer o aprender, y es aquí donde comienzan a tallar dos cuestiones cruciales y determinantes que deberíamos considerar cabalmente ya que
inciden absolutamente en nuestra calidad de vida, nuestros pensamientos y sentimientos, tanto concientes como inconscientes, son el laboratorio en donde se configuran los designios de nuestra vida cotidiana, nuestras experiencias internas y externas, individuales y colectivas, y por lo tanto allí es
donde deberíamos trabajar, filtrando antes de ingresar a nuestros sentidos aquello que no es pertinente a nuestros intereses o en segunda instancia de la sociedad. Si como decíamos al principio, sólo percibimos una partícula del todo que es la realidad, al menos
esta debería ser preservada tanto como sea posible de las miserias humanas y de una exigencia desmesurada impuesta por el contexto en términos de estándares de conducta, belleza, status, productividad, etc. en tanto no tengan que ver con nuestras propias necesidades
internas. Ahora bien, si somos capaces de establecer lo “qué” nos ocurre, y los “por qué”, fantástico también sería establecer el “cómo” resolver nuestras desarmonías, cómo preservarnos inmunes a tanta desgracia, dolor e insensatez en este mundo, y a
la vez no ser indiferentes a ellos, ¿cómo preservar nuestra individualidad y diversidad? cuando las sociedades de todas las culturas se encuentran
imbuidas en un sano proceso de integración llamado globalización que
tiende a absorbernos, y que lamentablemente, a veces más que a integración de culturas se parece a una masificación del pensamiento y colonización cultural por parte de las sociedades dominantes, a la cuales ni siquiera sería preciso nombrar. Lamentablemente sobre
los “cómo”, debo decir que no hay un camino, sino infinidad de caminos y alternativas posibles con el mismo fin, muchas de ellas nobles, otras algo rebuscadas, todas ellas válidas, y
conducentes a la larga, hacia el
mismo lugar, podríamos mencionar someramente cómo a lo largo de la historia la civilización a diseñado algunas practicas que han servido para mantenerse conectado con su espiritualidad, encauzar las emociones y refinar el pensamiento, desde los primitivos tótem de
piedra y danzas rituales, pasando por los miles de religiones hasta la actualidad, donde una multitud de técnicas persiguen estos mismos propósitos con resultados sorprendentes, el yoga, la meditación trascendental, el tai chí, el control mental, el Reiki, los
grupos de auto ayuda, etc. El abanico de opciones a disposición de los ciudadanos es enorme,
no obstante y en última instancia, es el inviduo quién resuelve que hacer con ellos, como a sido desde siempre, y ya sea que
seamos reputados odontólogos, carpinteros, empresarios o un ignoto aborigen en las perdidas selvas de Kuala Lumpur, lo cierto es que somos como violines hechos de la misma madera, cuya música vibra según como pulsamos las cuerdas, según la tensión que le suministramos para afinarlas, no tan tensas como para que se corten, ni tan sueltas que ni siquiera suenen, fluctuando constantemente por los extremos antes de encontrar el
equilibrio justo, indispensable para aportar la nota necesaria, única e irremplazable en la gran orquesta, y ejecutar la obra maestra del gran director.
|